Pablo Morán fue el primer greenkeeper del campo. Lo vio nacer, sobrevivió con él a una crisis, una pandemia y un cambio de propiedad — y hoy, con la inversión de T Club, lo ve en su mejor momento.

Hay campos que se heredan, y campos que se construyen desde cero, pisada a pisada. Este es de los segundos. Pablo Morán llegó en 2005 a sembrar un terreno que todavía se estaba moldeando, y veinte años después sigue siendo la memoria viva de un proyecto que ha resistido crisis, pandemia y un cambio de propietario para llegar a su mejor momento.

01 — El origen: De la siembra a la leyenda

«Fui contratado para venir a la siembra del campo, mientras se hacía el moldeo fino de los hoyos», recuerda. «Conforme sembraba, iba contratando gente: ahí empecé a formar el equipo que, con los años, se ha convertido en el que tengo hoy.»

Vio la crisis de 2008 obligar a reducir plantilla, y capeó el COVID con solo tres personas a cargo de sesenta y cinco hectáreas. Llegó a plantearse marcharse más de una vez. Se quedó, dice, porque siempre creyó en lo que este campo podía llegar a ser.

«Estaba todo el mundo encerrado, nadie podía salir, y yo llevaba el mantenimiento de sesenta y cinco hectáreas de espacio natural. Lo recuerdo como una etapa de privilegio.» — Pablo Morán, sobre el confinamiento

02 — La inversión: El sello T Club, hoyo a hoyo

Con la llegada de T Club, el campo entró en una fase de inversión sin precedentes: maquinaria nueva con motores híbridos, placas solares que cubren casi todo el consumo diurno, riego de precisión con apoyo de IA que sustituye al viejo sistema por minutos, y endoterapia para tratar los pinos más sensibles del recorrido.

Este año, además, se ha cerrado la compra del parque de maquinaria que el proyecto llevaba tiempo esperando. Después de varias fases centradas en otras prioridades, le tocaba el turno a la maquinaria — para ponerla al nivel de todo lo demás.

«Este campo, a poco que le inviertas y le des cariño, enseguida brilla. Es un gran diseño, bien construido; solo necesitaba soporte económico y una renovación que lo devolviera a donde estaba.» — Pablo Morán

Para Morán, el sello T Club se resume en una palabra que repite varias veces: soporte. El que, según dice, le faltaba a un campo que ya tenía todo lo demás.

03 — El terreno: Un campo que se conoce hoyo a hoyo

Veinte años dan para conocer cada pliegue del terreno. Si tiene que escoger un hoyo, es el quince: «Solo necesita un bunker y un antegreen pequeño para ser complicado, pero visto desde los tees, con el lago lleno, es un hoyo que me encanta ver.» Y luego están los rincones de calma, como el bosque del hoyo trece, donde a veces se detiene un momento en su ronda de la mañana a escuchar los pájaros.

De estos veinte años también queda una anécdota que cuenta más que ninguna otra: la del día en que a Vladimir, uno de sus operarios, se le cayó una máquina al lago del hoyo dieciséis. «Nunca le había visto con la tez tan blanca. Al final me tiré al lago en calzoncillos para echarle un cabo, y entre socios y trabajadores la sacamos con un tractor.»

04 — El entorno: Un ecosistema vivo

Sin casas ni construcciones alrededor, y rodeado de cotos privados de caza, el campo se ha convertido en un refugio de fauna. «Es un ecosistema de sesenta y cinco hectáreas», dice Morán, biólogo de formación, «donde además de venir gente a jugar al golf, hay mucha flora y fauna que lo hace mucho más rico».

05 — El presente: El campo, en su mejor momento

Cuando habla con los socios, algo que hace a menudo para tomarles el pulso, la respuesta se repite: dicen que les ha merecido la pena, que el campo ha mejorado mucho, que valoran las condiciones de juego y cómo ha quedado la casa club. Y como ven que el proyecto sigue, que no se detiene aquí, lo viven con ilusión.

06 — El legado: «Sin mi equipo, yo no soy nada»

Veinte años — veintiuno, en realidad — después de sembrar los primeros greens, Morán no habla de sí mismo cuando piensa en el futuro del campo. Habla de equipo.

«Esto es un trabajo totalmente de equipo, y estoy muy orgulloso de ellos. Si mi equipo me recuerda como una persona exigente pero justa, con eso ya me vale.» — Pablo Morán